Así se sentaba el rey, con las piernas cruzadas y el puño cerrado. La corona lo hacía ceñir y la gota de sudor que evocaba su soldado lo hacía sonreír (involuntariamente).
El inmortal barre su tumba, se deslumbra
ante tanta hoja, malhecha, maltrecha
barre el techo que lo lleva a su tumba, retumba.
El rey muere
Con su puño cerrado, puño que guarda las caricias que nunca dió y todo el calor que le faltaba.
Puño que ni puño es, que es una mano cerrada. El inmortal se hace de puño y de puño aprisiona la escoba que barre la mano cerrada de tierra que arropa al rey.
Sebastián Castrodad, Rosaura Rodríguez e Iván Acosta dos Santos (Escritura automática)
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