…y recordando el último salto del día vuelve a caer en el parque. “Que grande está la grama”, se dice a sí misma. Sabe que será algo incómodo corretear por esa jungla seca y viviente, pero en realidad no; no hay razón para detenerse, nunca la hay, ni siquiera en sueños. Suspira un segundo, temblando sonríe… ¡Se lanza, comienza a correr! En ese ventilado instante estalla en un grito de esos que envidiamos los grandes, esos que nos escupen la oscura noticia de que la infancia fue un éxtasis, un sueño estacionario que de algún modo halló la forma de escapar y que solo revivimos algunas veces en extrañas fugacidades o en vagas brisas. Ella, en uno de esos anda, perdida en la magia de lo nuevo, inhalando la impresión de la primera oruga, esquivando las losas grises para caer en las azules, enamorándose de algún cachorro detrás de algún cristal.
Yo, detrás de otro cristal la observo. La imagino volando, siempre volando, siempre esparcida en una continua e incesante alba. Y esto lo hago eternamente, aún si ella duerme. Aún si yo simplemente estoy y ella enteramente es.
José Iván Lebrón Moreira (Narrativa)
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